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Sobre postcolonialismos maltrechos y descolonizaciones malogradas.

November 29, 2019

Sobre postcolonialismos maltrechos y descolonizaciones malogradas.

Reseña / Ensayo a cargo de Fernando Gómez Herrero (fgh2173@gmail.com).

 

The Failure of Latin America: Postcolonialism in Bad Times de John Beverley (U of Pittsburgh Press, Illuminations: Cultural Formations of the Americas, 2019).

 

The First Wave of Decolonization, edited by Mark Thurner (Abindon, Oxon: Routledge; Routledge Studies in Global Latin America, 2019).

 

 

Dos libros escuetos de reciente factura nos han amenizado las veladas de un estío convulso (masacres en El Paso, Texas, huracanes caribeños y calenturas varias de cambio climático, Trump y Brexit, angostamientos universitarios, etc.). Estos son: El fracaso de América Latina: Postcolonialismo en tiempos malos [lo abreviamos como Fracaso en adelante] a cargo de John Beverley y la colección de ensayos dirigida por Mark Thurner titulada Primera Ola de Descolonización [Primera Ola, en páginas sucesivas], ubicados en Pittsburgh en Pennsylvania, EEUU y la metrópolis londinense respectivamente. Doble pinza estadounidense para colgar unas prendas propias de dimensiones americanas tildadas convencionalmente de latinas en unos momentos delicados de manifiesta hostilidad a ambos lados del Atlántico “anglo.” Ambos textos se centran en la vigencia incómoda de una historicidad colonial, con o sin los prefijos “negativos” que parecen apuntar los dedos acusadores hacia una supuesta superación o a un vaciamiento deseable (“post-,“ o “de-“). Lo “colonial” en relación al postcolonialismo y la descolonización; algo así como el desamor, o el mal de amores, son con respecto al amor, en la gama amplia de significados registrados por los diccionarios solventes. La cosa es, ¿cómo sobrellevar públicamente esta incomodidad? ¿Cómo entenderla? ¿Cómo evaluarla? ¿Cómo se la quita uno de encima? ¿Cómo se desquita uno? ¿Son taras y tareas propias o de los otros?

 

Es más entretenido no echar las pelotas defensivamente fuera del campo de juego balompédico y asumir las problemáticas como propias. Juego de contrastes: tenemos dos estilos o vertientes: una llamémosla “culturalista,” Beverley, y la otra, digamos, de historiadores decimonónicos del área andeanista, ambas juntas pero no revueltas bajo el parasol latinoamericanista que no soltarán ni en el peor de los casos “ánglicos” que dirían algunos antiguos. “Colonia” es harina de diferentes costales, no vayamos a confundirnos y ambos términos (postcolonialismo y descolonización) apuntan en direcciones distintas como se verá a continuación. Ambos libros salen en sendas colecciones dirigidas por ellos mismos, Illuminations: Cultural Formations in the Americas [Iluminaciones: formaciones culturales en las Américas] en Pittsburgh Press, con una atractiva carátula de Alex Wolfe del monumento fúnebre bolivariano con tintes rosados que vienen a cuento. Y el segundo, en Routledge con sede en Milton Park, Abindon, Oxon, en la colección titulada Routledge Studies in Global Latin America [estudios Routledge de la América Latina Global, el español hace rechinar el inglés y esto es pertinente]. Este segundo volumen es carísimo (150 libras en pasta dura). Tiene menos gracia; es más frío, aséptico e impersonal, está descontextualizdo y todo esto también viene a cuento (se trata de intersecciones de líneas y puntos oscuros y amarillos con un fondo azul celeste o acuático). Nos atrae más la intelectualidad de protesta “negativa” de Beverley, aun con sus fallas, que un historicismo decimonónico de devoción disciplinar metido en las botas de las siete leguas de rescate liberal con el adorno “global” (algo diremos sobre las crecientes dificultades de un quehacer académico del mundo “latino,” ya que ellos dicen poco o nada). Beverley manifiesta un desasosiego con los EEUU trumpianos mientras imputa “fracaso” a la totalidad de América Latina: gesto desaforado, excesivo, que podemos tildar de teatral. ¿Qué sería el acierto, la utopía o el éxito? En el limbo de ningún sitio explícito, lo que se quiere en Primera Ola es limpiar, fijar y dar esplendor a la supuesta bonanza proto-nacional de despotismo ilustrado emancipador cuyo recuerdo existe hoy en día, si bien debilitado. ¿Catastrofismo de decepción de cierta izquierda del primero y “neoliberalismo” de los segundos? Los historiadores incluidos en Primera Ola disienten de sus primos “culturalistas” y rehúsan lo que llaman “la narrativa del fracaso” [“narrative of failure”]. Hallan brotes verdes sobre todo en el mundo andino de la Gran Colombia del XIX (el XX ya es otra cosa). Interrumpen, dicen, la teleología, lo que vino después; se desdicen de los siglos precedentes y no se deben a un formato institucional nacional o mejor nacionalista del quehacer académico. Abogan “globalizar” la ideología política del liberalismo decimonónico cercana al mundo letrado criollo, más del lado de un Benedict Anderson que de un Angel Rama, y por extensión hacen lo hacen representativo, parte del todo latino en América, que es vehículo pionero de tendencias emancipadoras más abarcadoras haciéndole “un feo” a la Europa más imperialista y occidentalista. Primera Onda restaña lo liberal. Lo rastaura. ¿Podemos calificar este empeño “neoliberal”? Al mismo tiempo, les imputan a los culturalistas el uso de la brocha gorda, más generalista o nomotética que detallista e ideográfica, lo cual es cierto, pero éstos, entre los que metemos a Beverley, van por otro lado. Estos asumen, lo suelen decir abiertamente, una perspectiva histórica de simpatía con una generalidad de minoritaria no-blanca y no se quedan en un solo siglo. Díscolos con las disciplinas, quieren desvincularse de unas prodigiosas continuidades coloniales de cinco siglos, de estatismos, de nacionalismos. Observan los amores disciplinares y las querencias institucionales con muchas dudas. Podemos decir que “coquetean” con la filosofía de la historia en la cola del pescado post-estructuralista, de ahí el énfasis en la diferencia, la periferia, el espacio identitario minoritario, el pensamiento no reconocido institucionalmente, el lado oscuro de la luna. Pero esto no elimina las dificultades: ¿cómo entender eso de poner fin a una situación colonial en las cosas del saber? El presunto fracaso o distopía, ¿es tuyo o mío? ¿Qué sería lo utópico contrario? ¿Qué hacemos con ambas caras de la moneda en el bolsillo de quién? ¿Quién es el sujeto que se supone que sabe? ¿Saben más y mejor los que están arriba o los que están abajo? ¿Son los olvidados o los subalternos los pioneros de lo que consideramos deseable, políticamente hablando? Cuestiones abiertas e importantes que persiguen como inquietantes perros falderos a nuestros autores[1]. Conocemos bien ambos contextos profesionales, el inglés, en el que me encuentro en la actualidad, y el más influyente, el estadounidense. Veamos qué américas latinas emergen.

 

Es Fracaso posiblemente traca final del cohete. Volumen variopinto de escasas 150 páginas de temas dispares y desatados: teoría de la dependencia y la inviabilidad o aporía de la modernidad latinoamericana, concepción criollista de la nación entre la impostura y el interregno, con una brevísima incorporación del barroco colonial, la figura de Calibán y el repliegue cubano, el tema de la tortura en el contexto de los Estados Unidos imperiales vis-a-vis el correlato con la senda española en una atrevida analogía histórica, unas brevísimas páginas sobre El Quijote en donde se quiere atisbar un mundo utópico pastoral “comunista,” a manera de sublimación expresiva herbert-marcusiana (¿remedo de su primer libro sobre las soledades de Góngora?). Esto es cajón de sastre. Hay además un capítulo sobre el postcolonialismo orientalista en lenguaje estándar edward-saidiano en relación a lo que llama “literatura tal cual,” diez páginas sobre literatura cartonera, galopante reconstrucción de vidas subalternas en el cine y literatura (Bolaño, Gaviria, Mereilles, Gavilán), y el artículo, intencionadamente provocador, atizador de todas las ascuas, que da título a este volumen desigual. A estas alturas de calendario, Beverley se puede permitir el despeine de los malos vientos que corren, un cierto desarreglo de la corbata, y las correrías de una prosa rápida no siempre consistente con su buen aparato bibliográfico. Lo que los historiadores sujetan con “hechos” textuales, Beverley lo suelta sin pensárselo dos veces. El capítulo final es ciertamente el más llamativo y funciona como atisbo de futuro incompleto ciertamente no invitador. Fue ponencia en un congreso en su honor en Pittsburgh (hay versión en español con ciertas irregularidades; Aparicio 2019). Fracaso consiste en 9 capítulos de escasas 15-20 páginas por cabeza. Lo que se trasmite aquí se hace de manera rápida y somera con algunos o muchos supuestos. Resumimos algunas ideas sobresalientes y explicitamos algunos de éstos. Nos encontramos en ambos casos con un cierto lenguaje metafórico acuático (primeras olas descolonizadoras, reflujos de la marea rosada, tiempos desapacibles, reflexiones intempestivas, etc.).

 

Que la imputación de fracaso no asuste a nadie. No se trata del juicio ligero de un visitante extranjero. Esta evaluación “catastrófica” acompaña un posicionamiento llamémoslo ideológico de desencanto de la “marea rosada” que no es ni puede ser lo mismo que otros que no encuentran nada de valor rescatable en la historia de América Latina desde unas posiciones de desarrollismo modernizador (véase mi artículo sobre Howard J. Wiarda en Neplanta, 2003). Fracaso, aquí, tiene que ver con la falta de consistencia o unidad civilizatoria (la “latina”) a diferencia de China y la India (17, 123). No se habla de Europa o los EEUU (¿y quién es el valiente que se atreve a decir esto en las instituciones en los EEUU?). Y tiene que ver también con la renuente posibilidad de convertirse en alternativa creíble a un modelo único capitalista en horas convulsas en la actualidad inquietante. ¿Fracaso, por lo tanto, compartido o de conjunto en tanto en cuanto lo latino americano no hace lo que otros no han podido hacer en otros sitios? Aquí Beverley calla. De nuevo, fracaso hay que entenderlo en el sentido de que América Latina no figura como alternativa continental consistente a la civilización capitalista y así permanece en una cierta postración de cierto desdibujamiento digamos que híbrido o mestizo en sus arrabales y periferias. No hay seducción transcultural ni de mestizaje en Fracaso. Lo “latino,” digámoslo así, no se constituye por lo tanto, y sí hay cierta brocha gorda, como un mundo de pasado y futuro deseable, alternativo, diferencial, polivalente, asequible (59). América Latina es utopía amortiguada, tenue, pálida de otra cosa que no se constituye como alternativa a la cosa horrorosa del aquí y el ahora (“lo de “malos tiempos” del subtítulo). ¿Y las tendencias postcolonialistas que principian en los años 80? Con la pólvora mojada. En retirada. Podemos decir por lo tanto que “lo latino” se queda desarmado en la serie americana de lo meramente diferencial y/o cultural (¿entendemos lo cultural por lo tanto como espacio menor, piso bajo, de una dimensión civilizatoria mayor?). Beverley no suelta eso de “latino” en su sentido genérico americano y no pasa a otra cosa deseable que no sea su supuesto de identidad minoritaria, a manera de metonimia, la parte enjundiosa de un todo que no suelta aun cuando sea un fracaso. Se queda así columpiado al final en eso de “latino” casi como el personaje principal de la gran película Ikiru de Akira Kurosawa. Se aferra a pesar de todo de la disciplina del latinoamericanismo (xviii) con o sin los debilitamientos postcoloniales. Aúna nuestro latinoamericanista dos nombres sorprendentes: Samuel Huntington y Jorge Volpi. Ninguno ve el desmarque sobresaliente de la “civilización latinoamericana” que vaya por la senda socialista o al menos de inspiración socialista (ya veremos más adelante su imagen de comunidad ideal). Beverley, a estas alturas del 2019, tampoco. Y hay secuelas, ¿cómo no?, en el mundo universitario anglo e hispanoparlante. Momento de marea baja: el postcolonialismo se aleja de la arena de la playa. ¿Ultimo cartucho en la guantera? El referente otrora inspirador de la nación como camino de liberación, ahora globo desinflado y escasamente inspirador, a pesar de las imágenes televisivas subidas de tono abrupto y brusco de aquí y de allí. La literatura “como tal,” o mejor, las humanidades literarias, ciertamente alicaídas. Estas han sido en el mejor de los casos nos dice Beverley a la manera de Angel Rama, el cómplice histórico de modelos sociales coercitivos, que incluso peca de “orientalismo” a la manera Edward-saidiana en las esferas raras del consumo global. ¿Y qué tal andan los levantiscos calibanes? Despeluchados, engrillados, mal alimentados. ¿Quién se gana con gusto bien la vida bien enseñando literatura en la lengua extranjera en contextos angloparlantes? Repliegue de la letra arrinconada por cuatro malos twits; el cielo, plomizo, los presentes, ciertamente “malos,” con o sin citas preciosistas de Holderlin apelando a la salvación. ¿Dónde nos metemos? Soltamos a Beverley para retornar a él al final. Pasemos a un puñado de historiadores decimonónicos vinculados a los Andes.

 

El marco de esta colección en Routledge dice querer “globalizar” América Latina superando los formatos llamados de los “estudios de área” (nomenclatura estadounidense de la guerra fría que tiene que ver con las zonas del mundo no hegémonicas o incluso no prioritarias de cobertura desigual en espacios académicos, de consumo de masas audiovisuales, etc. como América Latina, Africa, Asia, Oriente Próximo, etc.). Dentro de este loable intento, Primera Ola se atreve a proponer que lo “latino” y/o lo “ibérico” en el contexto (latino-)americano han sido dimensiones pioneras injustamente olvidadas por una historia más abarcadora o “global” (no es obvio lo que quiere decir esto de “global,” ¿que dicha región tenga un mayor reconocimiento y visibilidad, que la disciplina que estudia dicha región se haga más visible, que tenga más radio de acción, etc.?). La piedra despreciada es piedra de toque y también, tal vez, piedra de quicio: los olvidados resulta que son pioneros de dimensiones políticas todavía deseables. Veremos seguidamente quiénes son aquellos y cuáles son éstas. Este primer volumen de la serie “América Latina Global” se monta alrededor de su coordinador, Thurner, peruanista de origen estadounidense salido de Wisconsin y con estadía en Florida recientemente afincado en la Universidad de Londres. La tesis general: los criollos peruanos y colombianos de la segunda década del siglo XIX ya apuntan, enuncian y en cierta manera denuncian brotes o prontos descolonizadores. Y esto constituye la primera ola de otras que vendrán después. El meollo de la cuestión está entonces situado en la evidencia de la prosa en español entre criollos republicanos como Bernardo Monteagudo y José Faustino Sánchez Carrión cuando debaten entre sí en publicaciones del estilo de El Correo Mercantil, Político y Literario, La Abeja Republicana, entre otras. Atisbo. Brote. Albor. No sabemos cuántas olas siguen esta primera ola, si estamos de flujo o reflujo, el lenguaje de las ciencias naturales no se explicita histórica o socialmente. No sabemos si el punto de origen lo constituye el siglo de las luces, la ilustración, o el iluminismo como lo llaman algunos, o los procesos de formación nacional en el Tercer Mundo después de la segunda guerra mundial, la llamada Conferencia de Bandung, Indonesia en 1955, o los mismos años 60 de la revuelta estudiantil contra el Vietnam, la cultura popular del rock ‘n’ roll, etc. Thurner no nos lo dice. Al desdecirse del origen y de la teleología o “trascendencia,” que no teología, los lectores cual viajeros solitarios se quedan con pocha “chicha” (o carne de cerdo que diría mi abuela) en la rebanada de pan. Sin saber si vienen más olas, y de dónde, de que lado de la luna, la invitación es a tumbarse en el lecho de Procusto y no ver orígenes ni sucesos venideros, digamos en el siglo XX, y mucho menos escatologías. El supuesto, seamos generosos, es a volver a mirar la etapa “primera” de un nacionalismo extra-europeo latinoamericano contestatario, en cierto sentido, de qué sino de los “malos de la película,” digámoslo en un sentido general, la Europa imperial y colonizadora. Primera Ola nos invita a poner las luces cortas del coche y mirar sobre todo, o sólo, lo sobresaliente deseable liberal criollo en la supuesta primera ola tildada de “descolonizadora,” respondiendo a una fuerza gravitacional no explicitada. Suponemos que los buenos deseos ilustrados todavía incumplidos para la inmensa mayoría de la población en las fechas en que se escribe este puñado de páginas no muy lejos de la “sede” londinense oficial en la isla británica barataria. Estos historiadores dispares hablan de los cambios en “la nueva historia” de dos décadas para acá o cosa así (es truco académico tildar de novedad lo que uno mismo hace con o sin gran trasunto de otros). Debemos añadir: los movimientos indigenistas en América Latina, “multiculturalistas” y de “minorías” en los EEUU, ¿y algo más? No lo dicen tal cual, pero su punto convergente parece ser el concertado desacuerdo con ciertos estudios “descoloniales” de la misma cronología centrados en la persona de Walter Mignolo. Thurner no explicita su genealogía latinoamericanista más deseable e inspiradora, pero yo creo que se queda con colegas de la disciplina de historia de América Latina del XIX entre las lenguas inglesa y española con escasa o nula presencia de una historiografía latinoamericana nativa ubicada en los Andes que tenga una irradiación amplia o incluso, ¿por qué no?, global. No hay en Primera Ola una generosidad de referencias a una presencia peruanista o andina rotunda de historiadores “descolonizadores” con cierta excepción colombiana. México brilla por su ausencia historiográfica y tampoco hay mucha o poca cosa del contexto inmediato londinense e inglés, o del viejo continente, excepto el mismo Thurner, con la excepción italiana de Federica Morelli. Los Estados Unidos constituyen un segundo plano histórico, especie de cortapisa posterior más dura y correosa en comparación a mestizajes latinos más “liberales” y maleables, si bien se constituyen (los EEUU) como plataforma legitimadora de historiografía ineludible: Todd Shepard hace las veces de presentador de la tesis thurniana. Se podrá decir que uno hace lo que puede y que se consiguen las colaboraciones de aquellos que se prestan de buena gana. Lo de “ola” evoca época, etapa o incluso fase: ¿de qué? ¿De cierta historia de progreso deseable por emancipador y libertador? ¿De quién? ¿De protesta fehaciente de cierto legado ilustrado extra-europeo? Lo de ola se relaciona, claro, pero Thurner no lo hace con la modalidad ortodoxa de las ciencias sociales que sirven como las niñas monas del coro a la ideología de la modernización o el desarrollismo también de cobertura explicativa para las zonas periféricas. Aquí podemos citar entre otros a Samuel Huntington en el campo de las ciencias políticas o en caso “contestatario” a Pedro Morandé en la disciplina de la sociología que ya en los 80 se aferra a la “cultura”[2]. Los historiadores de las ideas políticas del XIX mayormente andino incluidos en Primera Ola barren para casa: se encuentran lo deseable en el patio de su casa profesional, cerca de los momentos fundacionales de las naciones latinoamericanas. El supuesto: la nación es el vehículo “ideal” que corre rápido de la mano grácil de la modernización política. Es decir, al hacer la nación, esta labor nos moderniza digamos, y esto es bueno y deseable hasta el día de hoy y esto empuja otras dimensiones, la social y económica, la cultural. No hay estética. No hay religión per se. No hay tampoco culturalismo promiscuo, supuestamente totalizante ni empeño interdisciplinar en Primera Onda. Esta onda permanece, diríamos ralentizada, pulcra, “incontaminada,” con escaso o nulo transacción comercial con las “humanidades literarias,” llamémoslas así para entendernos. Estos historiadores no se apartan de las veredas delimitadas de sus colegas de profesión histórica dentro de marcos explicativos mayormente acotados por el inglés estadounidense irónicamente proveniente del círculo descolonial singularizado en una figura “maleada,” Mignolo. Insistamos: ponerse primeros a sí mismos, o llamarse pioneros, pole position en las carreras de fórmula uno, puesto de cabecera, primero en el podium ¿quién quiere ser segundo o tercero?, en la matriz de la “modernización” política, esto es lo que Primera Ola nos dice. Nuestros historiadores nos proporcionan dicha cobertura. Modernización quiere decir independencia según la definición oficial del estado-nación empujando las excelencias del desarrollo capitalista, que se instaura en el inglés estadounidense de las ciencias sociales durante la Guerra Fría, en los 50-60, e irradia otras lenguas hasta la fecha de hoy (“moderno” existe en la lengua española desde el XVI, en pelea contra los “antiguos,” pero ésta es diacronía gruesa y arrinconada con escaso hueco en cursos convencionales y nulo en esta Primera Ola). El supuesto de “modernidad” lo asumen todos los acompañantes de viaje de Thurner, que son siete, con toda naturalidad. La divergencia es clara con los “culturalistas,” y Beverley con ellos (coincidencia: siete son también los temas del fracaso latino generalizado como veremos seguidamente). Estos culturalistas se desdicen en teoría de todos estos marcos explicativos. Protestan sus supuestas bonanzas con o sin sus momentos incongruentes. No se casan con esta u otra nación (¿no es lo latino per se trans- o internacional?, ¿no es ésta la virtud de las naciones más pequeñas tener que figurar con el coro de las naciones unidas?). No se quedan encantados de la vida con esta u otra disciplina, aunque vienen, o venimos, de la malhadada “literatura” (¿es dicha actitud mercenaria la mayor virtud de una endeblez institucional?). No se arrebolan ciertamente con el criollismo del XIX que es piedra de toque y quicio fundamental de estos historiadores de Primera Onda. Estos últimos quedan más sujetos y comedidos en su siglo favorito, más disciplinados, ¿más “conservadores” en su abogacía del liberalismo? Modernización es, ¿qué otra cosa sino?, afirmación de desarrollo capitalista que se normaliza en “mercado” y que (se) expande o globaliza ahora mismo con fuertes desórdenes y frecuentes malos modos  (¿él a nosotros o nosotros a él, valga la personificación standard de los medios de comunicación?). Este es ciertamente el marco global, reconocido explícitamente o no, en donde Thurner y Beverley, y todos sin excepción, montamos nuestra tramoya de visión histórica, el primero si se quiere de una manera “neutral” con pintas asépticas, a la manera de un diagnóstico médico prometedor de mejoría de salud del cuerpo social, a juego con los tonos azules de la portada del libro; y el segundo, con una cierta mueca o incluso de mohín de disgusto “rebelde,” con complejo edípico, como él mismo adjudica a Jorge Volpi, y no es afrenta por nuestra parte, al generalizar el vaticinio “escandaloso” de fracaso totalizante a toda América Latina, área, no nos engañemos de escasa visibilidad y peor buena prensa en el mundo angloparlante a ambas orillas del Atlántico, dentro y fuera del mundo académico. Hay en Beverley escaso entusiasmo por esta “globalización” de los estudios de área del llamado Tercer Mundo en el que se mete, inconsciente o no, a América latina. ¿Estamos hablando de las partes de un todo, “mundo,” al margen de la razón de estado de esta u otra nación hegemónica, que se quieren más visibles, más significativas y más dinámicas? Imagino que habrá otros muchos fracasos, como hay otras muchas regiones que tampoco se yerguen con fuerza como una alternativa inspiradora creíble en pos de la construcción de inspiración socialista de otro mundo (disciplinar) habitable posible. Beverley no reparte el fracaso equitativamente: se lo da todo a la totalidad latina en América. Si el desacuerdo con el pensamiento “descolonial” mignolesco da coherencia a Primera Ola, el radio discursivo de Beverley es más amplio y descentrado, más desordenado, abigarrado e interdisciplinar, y también marca algunas diferencias con Mignolo desde distancias más cortas. Hay un distanciamiento con Alberto Moreiras, figura latinoamericanista también vinculada al contexto de Duke del que partió hace tiempo para tierras tejanas.  

 

Primera Ola son 7 capítulos construidos sobre el segundo del peruanista Thurner, que es quien prepara el volumen que sale en la serie Routledge dirigida por él mismo con un equipo asentado en Inglaterra con la excepción del meritorio historiador Cañizares-Esguerra ubicado en Austin, Texas. El sector “colombiano” del volumen es el más fuerte (Francisco Ortega, Lina del Castillo, Marixa Lasso) y éste es quien reclama nuestra atención en estas páginas. Hay también cierto recuento del impacto de la esclavitud en el Brasil post- independencia (Barbara Weistein), la respuesta italiana a la emergencia de las naciones latinoamericanas (Morelli) y la sugerencia de que Europa llega tarde –y mal-- a la descolonización propia y ajena (James Sanders desde Utah). Todd Shepard (Johns Hopkins U) con trabajo en la Algeria francesa remacha la labor de Thurner en unas brevísimas páginas iniciales. Echo de menos la historiografía mexicana.

 

La cosa crucial está entre ambos criollos: Monteagudo y Sánchez Carrión. Y la frase señalada es la incluida en la carta enviada al Correo mercantil, político y literario sobre el gobierno monárquico del Perú (1 de marzo de 1822), firmada por Sánchez Carrión con el seudónimo del Solitario de Sayán:

 

Lo que [se] quiso, y lo que [se] quiere [al declararse independiente el Perú] es: que esa pequeña población se centuplique: que esas costumbres se descolonicen; que esa ilustración toque su máximum; y que al concurso simultáneo de estas medras, no sólo vea nuestra tierra empedradas sus calles con oro y plata, sino que de cementerio, se convierta en patria de vivientes (p. 20).

 

El énfasis en ese “que esas costumbres se descolonicen,” significado que no es obvio en absoluto en el contexto de la extensa carta.  La carta incluye contrastes irónicos entre las costumbres y la civilización, los autoelogios de los americanos peruanos ante las minusvalías civilizatorias europeas, los argumentos pro y contra el régimen monárquico, la invocación del Cristianismo con su inevitable censura inquisitorial, para el Perú emancipado:

¡Las costumbres! ¿Y la civilización? ¡Qué desgraciados somos los peruanos! Después de pocos, malos y tontos. Sólo los pueblos muy virtuosos y muy sabios no son dignos de regirse por monarcas. Con todo, nosotros no cebamos nuestras piscinas con las carnes de nuestros esclavos, para que sean más sabrosas, y tal cual conocemos el sistema representativo. La religión santa que profesamos, y las luces que difunde el siglo pueden morigerarnos y civilizarnos con más ventajas que a los romanos sus arúspices, y sus senado-consultos. Además, es cosa averiguada, que nadie se engana en negocio propio: todos más o menos poseemos el caudal necesario, y los conocimientos precisos para el séquito de este juicio, que es de toda la familia peruana. Con que, el estar, como neciamente se presume, los peruanos en la primera grada de la escala de la civilización, no es motivo para ahogarnos con la real coyunda. ¡Por cierto, que ella nos adelantará mucho...! Compruébalo palmariamente la Santa Inquisición en las monarquías absolutas; y la prohibición de escritos, que analizan los derechos del hombre, en las moderadas o representativas. El verdinegro estandarte en aquellas, y las llamas junto con la mano del verdugo en éstas, son los vehículos de la ilustración civil (p. 21)[3].  

 

El lector cuidadoso tendrá que releer este español barroco y verá autoburla irónica con el dardo apuntando a los sectores monárquicos en la circunstancia inmediata dentro del marco civilizatorio occidental. Se desea soltar la “coyunda” o la correa de sujeción monárquica: afirmación republicana liberal de primera hornada. Hay autoafirmación de la “familia peruana” en ambos niveles, de las costumbres, en plural, o la civilización, siempre en singular, con o sin los repudios aparentes de los disciplinamientos inquisitoriales. Thurner no lee enteramente la carta de uno de los criollos liberales, padres fundadores del Perú. No la pone en contexto. No la adorna con su contexto historiográfico “peruanista” oriundo del Perú (pensemos este silenciamiento con cuidado, pongamos otra nación en su lugar para notar su impacto, seamos o no enormes nacionalistas). La última frase de Thurner agradece a ambos por partes iguales, Sánchez Carrión y a Monteagudo, ser pioneros de la descolonización (“trail blaizing” en el inglés original) en al albor nacional del Perú. El análisis no va más allá del XIX. No se trata ahora de entrar en detalladas lecturas de la ideología del criollismo liberal decimonónico que debate las prendas predilectas entre Rousseau y Montesquieu para emprender la tarea de emancipación de una Europa dominante o imperial[4]. “[Lo que quiere el acto material de no pertenecer ya a la que fue su metrópoli es] que se descolonicen las costumbres:” Thurner llama a este último verbo reflexivo (27). Creo más bien que es impersonal y genérico. Las relaciones sociales no son actos reflexivos. Y ahí radica una dimensión importante: la marca de sujeto de conocimiento y la de sujeto político y deseante implicado en ese “acto material.” La frase compleja deja bien a las claras la estructura desiderativa. Lo que no está claro es el objeto de deseo de dicho verbo deseado y deseable para todos los historiadores incluidos en Primera Ola. ¿Cómo se hace esto nada obvio de “descolonizarse”? Lo hacemos a nivel de “usos y costumbres,” digamos que a nivel cultural, y mantenemos los marcos civilizatorios más amplios, ¿y cuáles sino los occidentales? ¿O nos atrevemos con la propuesta de la diferencia civilizatoria latinoamericana? Thuner ve aquí “serios proyectos de descolonización en la región en la primera época republicana e incluso la misma posibilidad de imaginarla” que otros no ven (p. 43). No hay reconstrucción de otras cartas ni reconstrucción a estos u otros conservatorios criollos con su público escritor, lector y discutidor. Las pinceladas son rápidas, apresuradas. No hay bibliografía que nos ayude a rastrear estas prácticas sociales. El factor étnico o racial está ciertamente mitigado, lo criollo se muestra vehículo salvífico en el contexto nacional incipiente, lo negro tiene cierta presencia en su versión mestiza, lo indígena está ciertamente arrinconado en este capítulo dos y en Primera Ola en líneas generales. Se habla del intelectual extranjero “mulato” Monteagudo, “peruano” en sentido continental y andino de la época republicana, nacido al parecer en el Tucumán hoy argentino (Thurner pone y quita los anteriores entrecomillados, 35, 38, notas 48-9, en pág. 46). Lo que Thurner quiere, creo yo, es retornar a los méritos criollos, más que a los desméritos, subrayarlos, enredarlos con la madeja ilustrada de la emancipación “global,” y ralentizar un repudio estándar de lectura impaciente o rápida (podemos meter en este saco a Beverley y a Mignolo, si se dejan). Quiere Thurner, y no está él sólo, acercar su sardina de historiador del XIX andino a las ascuas y cenizas del debate académico e intelectual “global,” se dé donde se dé, lo cual es loable. Y también quiere rescatar una bonanza política globalizante, lo que ya es, digámoslo sin tapujos, menos creíble o incluso más preocupante en contra de propuestas post- o des-coloniales de otros en las humanidades, las “inter-disciplinas,” y las historiografías de las Indias occidentales y del continente asiático en demérito de una historiografía de procedencia latinoamericana que también quiere subirse, ¿cómo no?, a participar de estas conversaciones dispares en lugares inciertos. Thurner prima este criollismo de extracción europea emancipador de nación latinoamericana, declarado pionero de una desdibujada generalidad descolonizadora. Primera Ola juega a esta rayuela. Aquí tira el tejo, y le da un puntapié y va a la pata coja a esta casilla que llama primera en donde encuentra a los fantasmas de Sánchez Carrión y Monteagudo. Pero no hay reconstrucción de dinámica social, ni siquiera de círculos sociales de lecturas pormenorizas, y mucho menos desplazamiento a las casillas siguientes, ni siquiera a nivel historiográfico en el amplio sentido de la palabra. Hay implícitas otras empresas emancipatorias, olas segundonas, terceronas, remolonas, perdidizas, etc. pero no hay ciertamente un hermoso panorama de conjunto de mar océano, no hay costa, carecemos de paisaje alentador, de sociedad de conjunto, ninguna institución acude al socorro de la imaginación política, echamos en falta un horizonte del mundo “global” al que se desea arribar políticamente hablando. Las ruedas de la tramoya histórica no pueden ser otra que los ideales de la ilustración, hecho aquí sinónimo de modernidad y desarrollo. ¿Damos por supuesto el recorrido habermasiano de proyecto incumplido? Ya sabemos que su proyecto filosófico de la modernidad es estrictamente de suelo europeo franco-germano post-estructuralista. Primera Ola no se mete en estas filosofías. Lo que hace es más sencillo, y más pobre: da la vuelta a la tortilla (española o de maíz, o ambas, a gusto del lector) para beneficio de los prejuicios de los más despistados: ahora resulta, sorpresa, sorpresa, que lo que se llamaba peyorativamente mundo subdesarrollado, vinculado a la denostada condición colonial, se ha puesto a la cabeza del pelotón “global.” Thurner es “descubridor” de este encomio pionero sito en el sector social criollo en la nación alboreal del (Gran) Perú a quien saca del cajón de todos los olvidos angloparlantes. El legado historiográfico francés de mitad del siglo XX en relación a Argelia pierde la cualidad pionera ante los criollos peruanos. Mucho, ¿demasiado?, centra en el ejemplo negativo de Mignolo en las últimas dos décadas[5]. ¿No hay otros legados rescatables con estos ascensos y descensos de las aguas del mar de aquí y de allí?

 

Traemos otras voces. Francisco Ortega propone lo que él llama una historia conceptual de la palabra ‘colonia.’ Es un rastreo filológico con el dardo en la diana del XVIII tardío y principios del XIX cuando el término pasa de concepción ‘positiva’ de origen imperial romano a acercarse al ‘ominoso coloniaje’ de Sánchez Carrión citado por Thurner (18). De asentamiento celebrado de los nuestros dentro de una concepción cívica universalista romana en tierras distantes, a la paulatina adquisición de connotaciones negativas adscritas a la exterioridad de centro hegemónico, o la condición de sucursalía, espacio subordinado, grupo social segundón o relegado, minusvalorado incluso abyecto que es el significado dominante hoy en día, con presuntas implicaciones de protesta y reclamos de justicia[6]. En un viaje de dos siglos, pasamos de la miel de abeja de la colonia romana de los propios al picotazo del aguijón de nuestra imposición de otros con el consiguiente demérito e insulto de nuestra valía. Lo “colonial” es hoy mayoritariamente condición subalterna que uno se quiere quitar de encima. La cosa no fácil es cómo entender todo esto y cómo llevarlo a la práctica también en relación a cuestiones de conocimiento del mundo ancho. El liberalismo pulcro que habla de reinos y provincias americanos no lava la afrenta del todo. No hay que caer en un literalismo de letra constitucional jurídica con su defensa teórica de idealismo igualitario. Tenemos que tener en cuenta el beneficio o perjuicio a la corta y a la larga y la perspectiva social amplia de quién se beneficia y quién no (¿se consideran iguales los colonos romanos a los bárbaros circundantes, los criollos decimonónicos en líneas generales a los negros e indios, los letrados a los analfabetos, los subalternos con respecto a qué otro agente social dentro de qué matriz cultural elemental o en qué piso asequible de las costumbres o superior civilizador?)[7]. Es cierto que este vocabulario “colonial” con los prefijos “post-“ or “des-,” mantiene hoy por hoy una carga válida protestante y acusadora, se estudie mucho su literatura histórica o nada de nada en los adelgazados cursos universitarios convencionales. “Colonial” suena mal: no se quiere ser (o seguir siendo) eso. Lo que no está claro es qué puede ser el “éxito” de todo lo contrario. Beverley todavía no lo ha encontrado en las postrimerías de una trayectoria universitaria de difícil igualación para las generaciones venideras. Y no creo que Mignolo tampoco descorche la botella de champán. En cierto sentido, nos las habemos con un futurible utópico de descarga de un significado indeseable. ¿Fue la América española colonia? Ortega da una de cal y una de arena: contesta con un bifronte “sí y no.” Con la negativa, se junta a la postura de Klor de Alva (ni fue América Latina colonia ni por consiguiente se han post- ni descolonizado), a la que Beverley no sin sorpresas se arrima también en relación a los EEUU y pone en escena la sorpresa de Cornejo Polar (148). Otros tiran para atrás y para adelante: sí lo ha sido, más allá de los tecnicismos jurídicos, en un sentido general de condición subordinada a Europa y lo siguen siendo, aun con su rebeldía ocasional, según las vistas mignolescas y de otros en relación a un radio mayor, llamémoslo del “Atlántico Norte,” dentro de una prodigiosa longevidad de cinco siglos que ningún post-estructuralismo de inspiración foucaultiana parece interrumpir o acortar.  Pero por lo menos lo intenta. El empeño es, por lo tanto, dejar de ser eso indeseable de colonial cuanto antes mejor (el prefijo “post-“ se ha quedado marchito para algunos y el “des-” quiere ser desatado desempeño transcendente que no puede quedarse atrapado en las tramas de esta nacionalidad o las entretelas de aquella disciplina de conocimiento). El artículo de Ortega nos invita a reconsiderar las narrativas criollas de emergencia de la España ultramarina. Es aquí donde tenemos que colocar los signos no obvios de la nación, patria y república americana en los aledaños ideológicos cercanos a la Constitución de las Cortes de Cádiz, la llamada “Mari Pepa”(1812) en el contexto de una península ibérica bajo la ocupación francesa. La aseveración rotunda de Ortega: los republicanos hispanoamericanos “son los primeros anticolonialistas que se consideran como tales en la historia de la descolonización” (19). Reválida: el criollismo decimonónico hispanoamericano es primerizo y benemérito en comparación ausente con el Norte (la llamada “American Revolution” del 1765-1783) en este capítulo y en líneas generales en Primera Ola, con una cierta excepción de Barbara Weinstein. Pero, ¿es la historia carrera? ¿Se trata de arrancar primero o de llegar bien a la meta? ¿Y cuál es ésta? ¿Y quién corre y de qué manera lo hace?

 

El capítulo de Lina del Castillo respecto al imaginario descabellado, llamado América o Colombia, es uno de los más sugerentes. Trescientos años después de su muerte, el fantasma de Cristóbal Colón se pasea ampliamente de Norte a Sur y marcha atrás. América o Columbia o Colombia: con una conjunción que es, en este caso histórico, más cópula al estilo de la poesía vicente-aleixandrina que disyunción convencional de español contemporáneo en los malos tiempos trumpianos que corren. Este ensayo nos habla de conciertos y conjunciones, tiras y aflojas de las nuevas naciones. Así se menciona el “congreso de la liga délfica de naciones” de 1826 (“amphictyonic congress,” 51) de empeño bolivariano apoyado en la visión de su precursor Francisco de Miranda[8]. Panamá será la nueva Atenas. Estamos entre titanes con imaginaciones mayúsculas. ¿Y cómo puede ser el empeño emancipador mezquino? La emancipación de Europa requiere de la reivindicación americana de su “descubridor” europeo por parte de sectores criollos letrados (estamos siglos antes del cuestionamiento de la invasión de posiciones indigenistas a las que Primera Ola no mira en conjunto ni de soslayo). Del Castillo reconstruye usos de la nomenclatura de “Columbia” del 1783 en adelante con un deletreo inestable del lado inglés. El lector tiene que hacer un esfuerzo con la imaginación y hacer el estiramiento de Colón en Colombia o Columbia, o su continentalización, deseable para estos primeros emancipadores. Tenemos dos figuras mayúsculas, William Thornton (1795-1828), de origen en la Isla Tórtola en las Islas Vírgenes Británicas, arquitecto del Washington neoclásico, y Francisco de Miranda (1750-1816), prócer venezolano contemporáneo de Simón Bolívar (1783-1830). Y la sugerencia sumamente provocadora es que tenemos asociaciones masonas de grupos privilegiados en donde estas ideas americanas encuentran nido, plumón y calor, conversación y gestión, cigarro habano y brandi más allá de las miradas y orejas del pueblo más común. Thornton se inspira en la Roma imperial y en el Louvre parisino. Será el neoclasicismo, y no el Barroco, el que viaje oficialmente a los EEUU emancipados del Imperio Británico, también históricamente reacio con los esplendores de los otros, los católicos romanos de las lenguas romances latinas desde el XVII hasta la actualidad. Esa nueva comunidad escindida no puede haber tenido en verdad, y no es culpa, claridad de fronteras físicas o demarcaciones mentales: “Columbia” Norte y Sur con capital en Panamá en una gigantomaquia desorbitada que se quiere ya oponer al coloso europeo al que se quiere destotalizar del horizonte díscolo de futuro deseable. Esto no es flor de un día o de dos lustros, tres décadas o inciertos siglos. Todavía estamos en ello, dentro y fuera del “Atlántico Norte” ciertamente debilitado para las fechas presentes. Hay ya esfuerzos por crear una mastodóntica república colombina del 1819-21 con su constitución propia. Son los años de la Doctrina de James Monroe en los 1820s, perfectamente compatible con la esclavitud[9], que delimitan la intervención europea y el panamericanismo posterior que cuenta con una figura sobresaliente, el longevo chileno Alejandro Alvarez (1868-1960). El anhelo continental americano bolivariano del que se ríe Volpi y que Beverley, montado a caballito de éste digamos, imagina de una manera  desordenada y arrabalera en las ruinas occidentales al final de su Fracaso tiene aquí un precedente “ideal.” Tenemos una “solución” (en sentido químico del término) del Norte y del Sur en los momentos de la emancipación de la Europa del XIX.  Phyllis Wheatley, poeta afro-estadounidense, alegoriza los EEUU como “Columbia” en 1776 (56).  Guillaume Ryanal escribe sobre Columbia en 1770 y Robertson escribe sobre América en 1771 ya con tiras y aflojas, prejuicios y desigualdades con la dimensión “latina” por parte del norte “anglo.” La doctrina Monroe (1823) precede la guerra de EEUU con México (1848) y el engrandecimiento del territorio estadounidense, su expansionismo fronterizo hacia el océano Pacífico en el Oeste ya ha comenzado con fuerza antes de la guerra civil de 1861-5 que sin embargo se concentrará más en el lado atlántico. La nación de los EEUU se consolida, con o sin nomenclaturas inestables, en un blanqueamiento de genocidio indio y de esclavitud y servidumbre negra con una dimensión mexicana apreciable cercanísima. Hay evidencia de mapas conjuntos de Colombia Prima o América del Sur (1807) de Faden y d’Arcy de la Rochette (63) y de la América septentrional y meridional de 1819 de Pierre Lapie (67). ¿Cuándo se naturaliza la apropriación de América para los EEUU en el inglés convencional actual que tira lo que se llamará luego “latino” para abajo y para afuera, mientras hace suya una visión hegeliana eurocéntrica, desde luego en el mundo oficial e institucional, incluyendo las universidades hasta poco más que ayer? En las primeras décadas del XX, Alejandro Alvarez y otros con él hablan del derecho internacional americano con respecto a una Europa colonialista. Los llamados próceres de la Patria, los libertadores, se imaginan un continentalismo americano. Los siglos venideros traerán un desmembramiento nacional/ista de esta unidad ciertamente colosal. Seguimos enredados en ambos.

 

Marixa Lasso contrasta la América anglófona y la América “hispánica” en relación al factor étnico o racial en las fechas cercanas al nacimiento de las naciones latinoamericanas. Lo analiza en el contexto de la esclavitud. Habla de empeoramiento de las relaciones raciales post-independencia en la infancia de los EEUU (77). Lo contrario ocurre, defiende, en la América “latina o hispana” (78) donde el criollismo se sirve menos o explícitamente de un ideal blanco y apuesta por el mestizaje. Su afirmación rotunda es que “son sólo los EEUU los que construyen su identidad nacional como país blanco con exclusión de los no-blancos de la nacionalidad de horma o norma reciente o la nueva comunidad imaginada (usando recurrente lenguaje proveniente de Benedict Anderson, cuya influencia permea Primera Ola)” (77-78). El capítulo explora estas trayectorias divergentes que culminan en el arrinconamiento historiográfico del recuerdo más amable e inspirador de la Gran Colombia en estos momentos republicanos iniciales. Lasso defiende este papel vanguardista a propósito del valor o concepto de la raza (91): ¿blanqueamiento más permeable, menos agresivo, menos explícito, más disimulado? Lasso se alía así con Francois-Xavier Guerra y Antonio Annino (79) para llevar a cabo lo que llama giro de la labor historiográfica que no sólo se enfoque en las élites sino que también incluya los sectores inferiores (“lower classes”). Se quiere abrir el grado de apertura de la cámara de visión para que entre mayor luz de agente social americano. Suspende Lasso las narrativas del futuro fracasado (“future failure,” 79): concentrémonos en las sincronías más reducidas del siglo de las luces hasta el 1898, digamos. Defiende Lasso la novedad de las crecientes opciones participativas para sectores amplios de la población americana durante este período de la Ilustración (79), con una bifurcación clara, con la vertiente “latina” en contraposición a la línea blanqueadora más dura y explícita “anglosajona.” La vanguardia: la Gran Colombia. Negros, mulatos y pardos se reparten del lado español y republicano. La Sociedad Patriótica de Caracas, con Francisco Miranda entre sus miembros, promete conceder la ciudadanía a indígenas, negros libres y mulatos (80). Podemos imaginar diversidad de asociaciones de masones con diversas membresías selectas y diversas posiciones criollas con respecto a esta igualdad republicana teórica (tolerancia tibia de la igualdad étnica, aceptación cautelosa, radicalismo igualitario estratégico, entusiasta, etc.) de los esclavos mayormente negros. La presencia india se nota mucho menos en estas páginas. La convención constitucional de la Gran Colombia de 1821 da por sentada la igualdad racial entre hombres libres. Otra cosa, y espinosa, es la abolición de la institución de la esclavitud: éstas son palabras mayores dentro y fuera del Sur de los EEUU y en la América latina, ya que los esclavos habían luchado a ambos lados del conflicto bélico (pro-español, pro-emancipador). Lasso defiende la edad dorada del mundo subalterno negro en estos primeros años republicanos con presión parda para empujar hacia una creciente igualdad más allá de las expectativas criollas (83). Se incluye el ejemplo de Remigio Márquez nombrado gobernador de la ciudad de Mompox en 1822. Se pone a prueba el discurso oficial de harmonía racial. Se menciona otro nombre: el General afro-colombiano José Prudencio Padilla presionado por la élite criolla, que será acusado y ejecutado por sedición en 1828. Los miedos de Bolívar y sus seguidores se calman un tanto (85). ¿Pintan mejor las cosas políticas si sólo usamos las luces cortas para el siglo XIX y cerramos los ojos con las luces largas hacia los siglos venideros? Lasso dice que sí.

 

En los EEUU, la propaganda patriota tendía a pintar a Gran Bretaña como campeona de los derechos de los negros (86). Las marcas de blancura y negritud se enredan con la libertad y la servidumbre como los dedos con los hilos de lana. Hay espacios entrecruzados, contradictorios, intermedios entre la lealtad imperial y la rebeldía americana. Sigo sin saber por qué el inglés adopta la nomenclatura de “negro” proveniente del español y del portugués y lo mantiene vivo hasta los años 1960-70 (en todo caso acompaña a indio y mestizo). Lasso ve un sistema más represivo y restrictivo en el Norte: entre 1820 y 1857, las leyes de igualdad y de voto sólo reconocen a los blancos (87). Los negros libres, no esclavos, no son aceptados como ciudadanos de los nuevos Estados Unidos y no tienen por lo tanto derecho a voto con o sin declaraciones de la igualdad de Independencia inspirada en la Ilustración. Los culturalistas no se cansan de apuntar a las sombras alargadas de todas estas luces. Durante las celebraciones del Día de la Independencia en los 1810s-1830s: se violenta y se expulsa a negros libres (87). Aseveración de Lasso: “incluso a nivel simbólico, la revolución estadounidense [American Revolution] fracasa al no instaurar un nuevo régimen de relaciones raciales [realmente igualitarias]” (87). El jardín americano tiene al menos dos senderos que se bifurcan. ¿Fracasan los otros o fracasamos todos? Los miedos de Bolívar contrastan con los de Jefferson y Lasso parece hacerlos portadores de visiones más amplias, representativas y duraderas. Los primeros son más cautelosos y se esconden entremetidos en su correspondencia personal. Los segundos son bien públicos: sus notas sobre el estado de Virginia declaran que los negros tienen menos capacidad racional que los blancos (88). Hay también claro repudio de mezclas en el segundo (“que no se contamine la sangre del amo,” 88). Lasso habla del racismo anglosajón y de la mayor “tolerancia hispánica” (90) con las palabras de Sergio Arboleda en 1869 sobre el factor mitigador del catolicismo. ¿Hay un algo de leyenda blanca en su narrativa?   

 

Se necesitan al menos dos para el tango. Hemos interrogado Fracaso de Beverley y Primera Ola de Thurner. Hemos pasado revista a dos estudios, digamos culturalista e historicista, que tienen “lo latino” de América como centro del punto de mira entre los postes de “postcolonial” y “descolonial.” Entre ambos autores, textos y adjetivos entrecomillados hay diferencias notables partiendo de un quehacer latinoamericanista común afincado en los Estados Unidos y el Reino Unido en unos momentos ciertamente desapacibles, por decirlo delicadamente. El mundo de los estudios históricos y culturales se inserta dentro de unas prácticas sociales más abarcadoras, por ejemplo el mundo laboral con sus premios y remuneraciones, y condiciones variopintas. No es nada fácil ganarse la vida dedicándose a estos menesteres culturales o históricos “latinos” o “hispanos” dentro de esos espacios mayoritariamente angloparlantes antes mencionados. ¿Cómo justificar acercarse a otras sociedades en estos momentos de repliegues trumpianos y brexitianos? Los estudios y disciplinas “minoritarios” andan debilitados. Vivimos época de vacas flacas, de achicamientos de programas de estudios con especial incidencia en los cursos de dimensiones históricas, con caída del interés estudiantil por las mal halladas “humanidades,” digámoslo así en modalidad grosera y aglutinadora, con escasísimos puestos laborales dignos de la palabra universitaria. Hay retrocesos de logros culturalistas de los años 90 y debilitamiento aparente, incluso retirada de propuestas post- o descolonizadoras, al menos según Beverley. Primera Ola dice menos en general de muchas cosas. Ninguno de los dos libros se encara con las dificultades universitarias a ambos lados “ánglicos” del Atlántico. Beverley nos da una narrativa retrospectiva de fracaso provocador y mayúsculo, continental, que lo incluye.  Thurner practica la abogacía de un globalismo que debe querer decir algo así como el intentar montar una plataforma de una mayor proyección internacional de la región predilecta con centro en el Perú, que es la especialización de este grupo de historiadores alrededor suyo. Esto lo hace sobre todo con el legado del criollismo (“perro ontológico en barrio ajeno,” Edmundo O’Gorman dixit)[10]. que defiende, e incluso celebra, dentro de un cierto “desnudamiento” de bibliografía amplia y generosa que no puede quedarse sujeta a las dos últimas décadas. A este legado criollo Thurner no lo llama insuficiente. Nos quedamos al final sin saber cuál es la matriz axiológica en la que lo coloca para un posible relanzamiento “neoliberal.” Hay muchos aspectos que se dan supuesto y que no son para nada obvios o incluso consciente o inconscientemente deseables. Algunos de éstos, aspectos y supuestos, los intuimos al lado del rótulo de luces llamativas, la modernidad o el desarrollo, también en relación a dimensiones llamadas por las ciencias sociales de importación estadounidense desde los años 50 poco o incluso anti-modernas, o subdesarrolladas, o de Tercer Mundo, o (post-)coloniales. Es éste un espacio subalterno hasta la fecha con contadísimas excepciones institucionales: basta mirar las cuotas de representatividad “latina” en los temarios y las aulas de clase con estudiantes a la baja. Por de pronto el mismo concepto de Eurocentrismo brilla por su ausencia en Primera Ola. Y al no mentar a historiadores dignos como O’Gorman, entre otros, el enorme vocabulario de cuestionamiento del universalismo de raíz europea, tampoco. Hay por lo tanto algo de miras cortas, de nariz chata y de pies planos en Primera Ola que no busca hermanamientos con la bibliografía hispanohablante con foco histórico en América Latina y que disiente sólo de Mignolo y Klor de Alva y poco más, Beverley aquí no está, y parece que más lo hace con la historiografía postcolonialista de la India, esa sí, en lo que se me antoja al final como un menguado conjunto del diecinueve angloparlante e hispanohablante oriundo de América Latina. Subrayemos la frase anterior. Estos historiadores decimonónicos están casados con su siglo favorito y todo lo que no sea eso les importa menos. No hay marco de referencia ambiciosa del legado criollo, ese “esquimal en la espesura de la selva tropical,” una segunda perla o’gormaniana (hemos citado a Morandé, Picón Salas, habrá otros muchos). No dialogan con las “humanidades literarias,” digámoslo así de manera taquigráfica, o incluso taquicárdica, como si ahí no fueran a encontrar gozo o sabor o saber de valor transferible. Dicen distanciarse de los “culturalistas” pero los tratan de un plumazo. Singularizan, tal vez demasiado, en Mignolo como si fuera la única luz representativa negativa de cierto cielo histórico del que se quieren distanciar. No incluyen de manera firme a Aníbal Quijano ni a Immanuel Wallerstein, ambos desaparecidos recientemente. ¿Será por primor disciplinar? Enrique Dussel brilla por su ausencia[11] (también en Beverley). Son muchas las ausencias importantes, demasiadas. Esto es como no hablar de las fresas al lado de las fresas con nata, o arrinconar a Messi en el club de fútbol más internacional de la ciudad de Barcelona o no mentar a la Virgen María en relación al catolicismo marianista. Nuestros historiadores decimonónicos reivindican el criollismo nacionalista emancipador desde un supuesto valorativo o axiomático no explícito y buscan complicar la pintura simplista, apresurada, o de brocha gorda si se quiere, que lo tilda de fracaso, y todo el XIX con él, desde un perspectivismo subalternista asumido abiertamente y no sin ciertas contradicciones. Se desdicen nuestros historiadores del “tremendismo” de un Beverley, que se acerca a Mignolo con el que tiene alguna disidencia, poca (20-3). Tal vez la preferencia del primero por el vocablo “postcolonialismo” sea una manera cauta y delicada de marcar distancias con el segundo, que no oculta su deuda intelectual con la sociología historicista del peruano Quijano. No es Washington ni Casablanca, ni Ciudad de México ni ciudad Juárez, tampoco Buenos Aires, ni Londres ni Madrid ni la misma Lima, es Durham en Carolina del Norte en los Estados Unidos el comienzo, que es desacuerdo colectivo, en el coro de voces bajo la batuta de Thurner en Primera Ola. Fracaso y Primera Onda tienen a Mignolo y a Duke como piedra, si se quiere, de toque. ¿No hay otras? Fracaso y Primera Onda no abren grandes puertas al campo historiográfico y deberían buscar parentescos con lo que consideran como tradiciones más dignas de salvación o proyección en estos tiempos desapacibles. Berveley habla de historicismo, o continuidad de hilo narrativo, que hay que cortar, o romper; y de historicidad o filosofía de la historia, como si fueran grandes épocas civilizatorias, pero no culmina. Fracaso tiene mucho de cogitus interruptus. Y los historiadores son menos dados a las presuntas grandezas de la filosofía, ciertamente en público. Se quedan prendados del textualismo letrado y culturalista-identitario de raigambre benedict-andersoniana y de origen Lynchiana que Mignolo desvirtúa, según ellos, siempre en relación al XIX. Pero Mignolo va por otras veredas. El “fracaso” beverleyano afirma, creo yo, un descontento amplio que no se puede quedar atado sólo a lo latino de América, sino que tiene que ver también, y mucho, con la exigüidad de la profesión académica de la cosa extranjera o extranjerizante en un contexto inmediato. Dicho mundo académico pierde pie y voz para dar cuenta del desfallecimiento rosado que no culmina un socialismo de nuevo siglo que se quiere de dimensiones grandes civilizatorias. La medianía historicista de Primera Ola se da la mano con la demasía “fatalista” de Fracaso. Queda poca cosa digna, parece decirnos un Beverley un tanto cauteloso estas alturas postreras de calendario, más a la manera corbynista posibilista que obrera revolucionaria (SWP)[12], o por decirlo en clave británica, López-Obradorista y abogada defensora en sentido general, abrazada a una figura futurible espectral deseable en tanto en cuanto que sea:

 

 

un socialismo influido desde abajo por los movimientos populares, por el feminismo, por poblaciones indígenas, asiático-latinas y afro-latinas, un socialismo no asentado en la forma estatal tradicional, aunque es capaz de dirigirlo, distinto de un socialismo de uniformidad cultural, abierto a la interculturalidad, a las nuevas identidades, a la diferencia sexual, a los derechos de las mujeres, a ideas diferentes de gobernabilidad,  a ideas diferentes de historia y territorio, a distintas relaciones de propiedad y el mercado, y una nueva relación con la naturaleza  (mi traducción, 134).

 

Este es una de las afirmaciones “positivas” del futurismo de Fracaso entre los siete temas (colonialidad, Estados Unidos, catolicismo, barroco, estado-nación, socialismo y los hispanos o latinos en los EEUU). El signo deseable (socialismo) es signo genérico, abstracto, vacío, en las orejas convencionales estadounidenses sueña a cañonazos. Hay que imaginarlo con pulsiones, impulsos o tendencias, que surjan de multitudes populares, “desde abajo,” de las mujeres, de los indígenas, del mundo “no-blanco,” del encomio de la diferencia (racial, sexual, etc.), la “identidad,” de todo aquello maleable que no se quede en el estatismo y que pluralice ideas de historia, territorio, propiedad y naturaleza. La segunda afirmación positiva, también en genérico abstracto, tiene que ver con los hispanos o los latinos en los EEUU. Se nos dice que esto de “latino” es un vocablo erróneo (“misnomer,” 136), pero que puede dar buenos frutos. Se enfatiza la marca lingüística del español. Se dice una barbaridad, que ya constituyen la segunda comunidad hispanohablante por detrás de México en el mundo, 136). Los miedos de Huntington se han hecho realidad: la realidad otra, en el sentido diferencial atendiendo a la marca racial-lingüística respecto al ideal asimilativo “anglosajón” angloparlante, se consolida (136). ¿De dónde se saca esto Beverley? Los modelos de asimilación con pérdida de herencia lingüística de generaciones precedentes continúan hasta la fecha. Las licenciaturas con componente de la lengua en que está esto escrito se encuentran brutalmente debilitadas, con o sin Jennifer López y Shakira amenizando la final de la Super Bowl este febrero. Está bien claro que el mundo mexicano dentro y fuera de los EEUU constituye una otredad que no necesariamente pasa por el español en la tercera generación. ¿Desde cuándo es cualquier lengua marca de nada político per se? ¿Lo que teme el fantasma de Huntington es necesariamente punta de lanza de otras cosas como las afirmadas en el párrafo de Beverley arriba citado? Ahí termina Fracaso, en el criterio cuantitativo de 1 billón de personas para el año 2110 (138-9), y que lo podamos ver con buenos ojos todos, el lector, el editor y el escritor de estas páginas. Lo que Beverley quiere afirmar es el cocktail de mezclas, cualquier tipo de mezclas, ¿latinoamericanización?, en el continente americano, otro nombre erróneo, sin quedarse dentro de estas fronteras nacionales, o aquellas, y que éste sea multicultural, igualitario y socialista, con un vago aire de familia y con cierto sentido lisonjero de afinidad, en definitiva, que nos imaginemos una inmensa zona americana secundaria si bien significativa con respecto a la hegemonía china en lo que será un nuevo mundo.

 

Todo lo demás se lo tiene uno que quitar de encima con algo de suerte: la carga de colonialidad, la supremacía estadounidense, el catolicismo barroco, la obsesión por la nación e incluso la conquista del estado.  En Fracaso, nos quedamos al final con el futurismo de un socialismo de marca de identidad diferencial, desenmarcado de todas las instituciones, no anclado a ellas, y con los hispanos en los EEUU en tanto en cuanto son la pesadilla, incluso el Joker, de todos los anglicismos xenófobos, los groseros huntingtonianos, o los más finos de tus administradores o gestores de turno, a menudo en puestos de literatura y cultura hispánica global. Beverley parece cabalgar la ola weberiana más que la morandiana[13], el catolicismo es indeseada figura de cultura popular, incluso en su modalidad de sociología de prácticas sociales de abajo, cuestione o no el desarrollismo modernizador. Dice respetar las creencias religiosas, que no comparte (131). Si bien afirma la secularización de éstas o las tradiciones populares (131): lo que rechaza parece ser la institucionalización de la iglesia católica, al igual que la estructura universitaria de la literatura en tanto en cuanto que es cómplice histórica de desigualdades y no las aulas actuales con escasos estudiantes sedientos de conocimiento literario. Citando a Morandé, ve Beverley esencialidad identitaria latinoamericana en el barroco católico, y no ve la tradición popular contestaria del mismo, o no lo ve suficiente (131). Hay que quitárselo de encima o cuando menos lidiar con “la neurosis” (132). Se la identifica con la literatura (barroca) per se en línea ángel-ramista: constituye ésta síntoma de cultura privilegiada de grupos de élite, a la sombra estatista e ilustrada, de complicidad con el poder subalternizador, incluyendo en general el sector educativo.

 

Primera Ola peca menos de las virtudes de este futurismo desbordado. Se queda en “mero” quehacer académico sin una mirada detenida a los diversos contextos institucionales por donde puede merodear, o no, el campo disciplinar “menor” de la región llamada América Latina, o latinoamericanismo, que se dice querer “globalizar.” Sospechoso verbo y sospechosa descontextualización interna a los capítulos que integran Primera Ola, sobre todo en los desórdenes presentes. ¿De qué prácticas de conocimiento estamos hablando? ¿Qué salidas pedagógicas? ¿Qué vomitorios? ¿Qué programas de estudios creíbles? ¿Quién legitima qué aseveraciones de inspiración política? Primera Ola reivindica el legado del liberalismo decimonónico que se llama más que válido, radical. ¿Vemos esta radicalidad a dos siglos vista? ¿Desde qué perspectiva mira la realidad histórica Primera Ola si no es al otro lado oscuro de la cortina donde se esconde Angel Rama? Aquí hay supuesta bonanza, llamada primera ola moderna, de la letra alfabética, de suelo americano, y criolla hispanohablante, o “latina” en su sentido génerico, ilustrada en tanto que entable diálogo con el legado de la Ilustración, y que invita a “descolonizar las costumbres,” lo cual se interpreta como la primera diferencia constitutiva “postcolonial” e independiente de albor nacional con una cierta Europa dominante o imperialista. Hablar de primeras, segundas y terceras es mostrar preferencias por las primeras. Estas primeras son algunas pocas frases de intercambio entre Sánchez Carrión y Monteagudo, según el doble subrayado de lápiz interpretativo de Thurner & Co, desmarcándose de otras lecturas descoloniales tildadas de insuficientemente históricas, siguiendo la línea criolla sita en los Andes decimonónicos. El muy mentado Mignolo apuntala su travesía con escoras no-blancas o “indígenas” en líneas generales, incluso generalistas. Se inclina así de costado en una narrativa más nomotética, y en algo apresurada, o en mucho impaciente, que morosa o amorosa, desigualmente concienzuda e idiográfica a la contra de los logros occidentales u occidentalistas habidos y por haber. No tendría nuestro antiguo director de tesis doctoral de la Duke University mayores problemas para admitir que su lectura es reductiva porque tiene que serlo, ya que tiene que abarcar siempre al menos una visión imaginaria de campo enorme, nada más y nada menos que cinco siglos en toda la geografía americana que se codea con el legado del mundo colonial en otros continentes. Este generalismo de cobertura, si se quiere con los patines muy rápidos, quiere evitar así todos los escollos eurocéntricos que no son nada fáciles de evitar, Mignolo es también el primero en reconocerlo. El legado occidental no es fácil de evitar, o lo que es lo mismo, es imposible no encontrarse con él. O de otra manera, no hay latinoamericanismo sin conciencia del occidentalismo. La cosa está en qué hacer con él, y qué no hacer y no hay pioneros de esta enorme dificultad en el siglo XXI. Otros muchos ha habido que por la senda han ido… Y no han escondido la dificultad de la empresa ambiciosa, incluso descomunal. Hay por lo tanto una cierta estrategia mignolesca, un tanto tipificada en estudios post- o des-coloniales, que podemos calificar de esencialismo de grupo minoritario, según nomenclaturas estadounidenses, de aunamiento de esencia o identidad no perenne y de estrategia diferencial de corto plazo, que viene original e incongruentemente de post-estructuralismos foucaultianos de los que hay que desdecirse a toda prisa. Resistimos la caricatura (poner a Anzaldúa en el pódium del saber) que es fácil de hallar. Lo más interesante, creemos, es ver la reconstrucción de los desarrollos de dichos posicionamientos anti-universalistas u occidentalizantes y no quedarse sólo en esta u otra estrategia de diversidad cultural más o menos grácil o torpe para el lavado de cara de esta u otra institución (nos apresuramos a constatar una retórica general de segunda ola de “globalidad” en momentos de achicamientos institucionales y nativismos dentro y fuera del Reino Unido para las unidades de estudios o las coberturas ciertamente pobres de los mundos extranjeros, raramente extranjerizantes). Mignolo busca, adivinamos la intención en la bola de cristal, unos o todos los descentramientos de las institucionalizaciones que refuercen los “colonialismos,” pre and post-XIX. Esto “colonial” es todavía, él diría, lo que bota mayoritariamente la ola del reflujo a la playa sucia de hoy en los EEUU, América Latina, Europa y la china conchinchina (una mirada rápida a los planes de estudio en espacios culturales con sus correspondientes nacionalidades docentes representativas lo confirma). Lo de “descolonial” es, por lo tanto, un empeño futurista de deseado vaciamiento del significado dominante y dominador, “colonial,” tildado de denigrante y vejatorio en su esencia última para los más o los muchos, en los últimos cinco siglos, de agencia de una, llamémoslo torpe y rápidamente, “Europa.” No hay que caer en determinismos geográficos (una señora bienpensante de Dakota del Norte o Utah, pongamos por caso, puede ser más eurocéntrica que una buena madrileña cosmopolita, un limeño puede ser más “colonizador” dentro y fuera de Lima que un arriesgado francés “descolonial,” un estadounidense de piel pálida y bien leído puede ser menos “subalternizador” que un mexicano de credencial oficial y tez morena residente en el borde fronterizo tejano, etc.). Qué duda cabe que esto de descolonial es gigantomaquia que sólo se puede sostener con muchas lagunas debajo de las botas en donde se meten los pies de barro historiográfico. Quijano, y otros con él, no se va a quedar en la bondad criolla del diecinueve andino. El recorrido tiene a la fuerza que ser más amplio y más contestatario. Lo hemos dicho: esto descolonial mignolesco es más deseo simplificador y reductivo nomotético, más cercano a las ciencias sociales, si bien descentrado y anti-universalista, que detallada labor historiográfica de concienzudo quehacer localista o idiográfico humanístico. Lo que está en juego es la proyección emancipadora deseable de mundo alternativo que mueva el eurocentrismo a otra cosa, digamos como nos cuentan que se hace el giro del girasol al sol, o del geocentrismo al heliocentrismo, o mucho más que la verdad que nos cuenta el homo sapiens de tipología dominante en la institución influyente en buen o mal inglés con respecto a la “diversidad”. Pero los singulares universalizadores están prohibidos. Vemos a los historiadores menos dados de estos futurismos incluso en su disciplina en su siglo favorito. El criollismo del XVI o del XIX se queda bien miserable y corto, para inri de los historiadores aquí incluidos cuyas proclamas no nos parecen que despeinen muchos cabellos de cabezas bien pensantes con preocupación de futuro no perfecto. A Beverley le interesa más el futuro despeinado que el pasado imperfecto. Y se escorza Mignolo de manera pronunciada, incluso manierista, en la dimensión de “minoría” (institucional) mientras tira del hilo narrativo con el ganchillo y construye, o lo intenta, una sorprendente continuidad de cinco siglos. Olvidémosnos ahora de las querencias post-estructuralistas por las discontinuidades o las interrupciones de toda la historia condenable. Quiere, diría, quitarle toda la pulpa nutriente a lo colonial e insiste en afirmar la positividad incondicional de su término negativo, lo de “descolonial” (“decolonial” en inglés, desmarcándose del vocablo “postcolonial” que ha perdido fuerza).  Veo ambos signos con escasísimo radio de acción en el contexto británico brexitiano dentro y fuera de lo “hispánico global” en los momentos actuales sumamente complicados. Poca cosa veo en los EEUU con o sin prismáticos. Beverley habla de retirada de ciertas tendencias de los estudios culturales, postcoloniales, etc., en los EEUU después de la Era que podemos llamar de Acuario en los años 60. Ya hemos pasado por las de los dos Bush, Obama y estamos ahora con Trump. No estamos para dar saltos de alegría dentro y fuera de los programas de estudios “menores.” Y el consuelo es que habrás otras muchas cosas “descoloniales” que no veo en México, el Perú y en otros sitios, se llamen así o no. La marea en cualquier caso está baja y la fuerza del viento es considerable para las fechas presentes que no serán desapacibles en eternidad. Mejor decir algo poco que nada de nada del mundo ancho y ajeno, mejor en este sentido el de Pittsburgh que el londinense también en este respecto. La alternativa descolonial ve multitud, o fantasmagoría, en las posiciones de sujeto hacedor de conocimiento en la historia que importa. Y tiene que verla al mismo tiempo que afirma diferencia, revuelo, ya no revolución, que es palabra mayúscula. Ve lo indígena o al sujeto minoritario como salida única de mesianismo llamémoslo incierto o desigual que los, o nos saque de ciertos grilletes en las prisiones cognoscitivas (hay apelaciones de tipo general a la búsqueda de solidaridades con espacios feministas, de “sexualidades alternativas,” con las marcas raciales o étnicas no blancas, los negros, latinos, etc.). Se ve esta marca de “identidad” por el rabillo del ojo como si todavía fuera un atisbo de utopianismo delicado o de mesianismo de tiempo futurible, frágil o no. Beverley se apunta por lo tanto a la carta de la “identidad” (36), y marca diferencias con Zizek, Hardt and Negri y otros escépticos. Flirtea con ella. ¿Es este signo remedo de los movimientos contestatarios de los años 60 con los que Beverley todavía se identifica? ¿Es esto identitario suelto de toda institucionalidad lo que queda hoy en día con vida cuando otros lenguajes emancipadores se oyen menos, si es que se oyen, o se han pasado de moda, o se han quedado desleídos de un color rosado, o se han descolgado del alambre con las pinzas y la ropa tendida al sol del cambio climático?

 

¿Qué está pasando? Los EEUU se están deseuropeanizando lenta e inexorablemente. La matriz eurocéntrica de los grupos dominantes se debilita. Ya el anuncio oficial es, desde Obama, acercarse al mundo asiático, el nuevo poder geopolítico, en especial China. Hay caída paulatina de condición privilegiada de superpotencia (deslizamiento “imperial”), reconocida dentro de unos pocos grupos en centros de estudios, mayormente de política internacional, y esto se cuela a la prensa de cuando en cuando. Al mismo tiempo, los EEUU se “latinizan” o “hispanizan,” en torpe nomenclatura oficial; o mejor dicho se mexicanizan con o sin muros o racismos o lo que sea. Es decir, se vuelven menos “blancos” (entrecomillada marca ideólogica propia de los EEUU que tiene su circulación y vigencia hoy en día). Post-imperialismo, deseuropeanización y desblanqueamiento con color mexicano: triple golpe que será difícil de digerir para ciertos grupos, dirigentes o no. El discurso post- o descolonial se oye poco o nada dentro o fuera de pequeños grupos dados al conocimiento académico. Al mismo tiempo tenemos un debilitamiento de la institución de la universidad, que es más un supermercado que otra cosa. Retirada del estado de lo que se consideró en su día bien común de la educación, que está sumamente desvirtuada. Al mismo tiempo, privatización de ésta. Uno se compra una titulación universitaria con vistas a conseguir un puesto de trabajo, conexión casual que no está nada clara. “Deshumanización” de la educación, en relación a las malhadadas “humanidades.” Estandarización de los “estudios culturales” pero que no significan mucha cosa institucional (no son historia, no son filosofía, no son “ciencia,” etc.). Desde luego, son poco incómodas. No son formas “contestatarias.” Mantenimiento de la fuerte diglosia entre el inglés y el español, que permanece dentro de la tendencia general de aculturación y asimilación monolingüe en inglés “global” en la modalidad estadounidense (¿relación inversamente proporcional entre el uso oficial de la “diversidad cultural” y la disminución “real” de modalidades sociales díscolas?). Las letras (extranjeras), ¡ay!, se desinstitucionalizan; las dimensiones históricas, dentro y fuera de éstas, se angostan y la lengua en que están escritas estas páginas pelea por encontrar un sitio digno entre las segundas y terceras generaciones, pero también entre los estudiantes, y las aulas de clase, mientras sigue con vida con mayor o menor fortuna fuera de las instituciones, en las calles, en la cultura de masas y en las redes sociales. Trump es síntoma de algunas de estas tendencias de hondo calado. Y el tono es ciertamente bronco, grosero y soez, racista, típicamente estadounidense en la caricatura tan bien conocida. La situación no es mucho mejor del otro lado del Atlántico. El Reino Unido se inflige un tremendo daño con el Brexit (escribo esto en momentos dramáticos a principios de otoño del 2019). Puede haber refuerzo, o no, de la “relación especial” entre los EEUU y el Reino Unido[14]. Este se desvincula de Europa, sea cual sea el resultado final del Brexit. Hay una tendencia general de mirar para adentro, mientras se produce un achicamiento de todas las instituciones, incluidas las universidades, con o sin las etiquetas globales. El Reino Unido pierde influencia dentro y fuera de Europa, quedándose como potencia de segunda o tercera fila, dependiendo de los vínculos con los EEUU. Al igual que éstos, se dificulta el flujo migratorio y se consolida en líneas generales un ambiente hostil contra los emigrantes. Estos números disminuyen. La isla británica puede pasar a ser una parcela de especulación global de bajos impuestos a la manera de Singapur y de escasos servicios públicos sociales para la mayoría de la población. Se puede ya constatar un empobrecimiento de grandes sectores de la población dentro y fuera de la fuerte centralización nacional en la metrópolis londinense. Las ciudades medianas y pequeñas pueden ver un cierto declinar. Habrá tendencias a una cierta “medievalización,” o desvinculación, de aquellas regiones o sectores no competitivos. Ya se puede constatar un acrecentamiento de diferencias sociales, también en el poder desigual de las instituciones, incluidas las universidades. “Americanización” de la universidad británica entendida como la privatización y encarecimiento de lo que fue bien gratuito público. Se filtra de cuando en cuando el lenguaje de que el mundo universitario se ha constituido en un modelo económico deficitario no sostenible.  Reajuste de los estudios y las titulaciones. Tremendo debilitamiento de las humanidades e innegable agostamiento de las “lenguas modernas” en donde se asienta el español y sus dimensiones hispanohablantes dentro y fuera de las instituciones que no cuenta con un flujo migratorio significativo o sostenible ni presencia social significativa en el Reino Unido a diferencia de los EEUU[15]. Las iniciativas por incrementar la “diversidad” de las minorías no constituyen una amenaza para el mundo oficial “blanco” anglosajón, a diferencia de los EEUU (la nomenclatura BAME (Black Asian and Minority Ethnic) tiene una incidencia desigual en el contexto británico). Estos porcentajes no llegan al 12% de la población, aunque hay ciudades con marcada diversidad social como Birmingham o Manchester, además del Londres cosmopolita. Marcada apertura a Asia por ejemplo con un fuerte reclutamiento de estudiantes extranjeros asiáticos para compensar una caída de estudiante propio o nacional. ¿Repercutirá esto a nivel de modalidades de conocimiento? Arrinconamiento del estudio de otras lenguas que no sean el inglés, e incluso del inglés mismo, a nivel de titulación universitaria. El estudio de lenguas es un “lujo” que muchos no se pueden permitir. El español permanece como una lengua de interés, por detrás del francés, y permanece mayormente dentro de la órbita europea, con o sin la marca “global” o el adorno del plumero “ibérico.” Adelgazamiento curricular que disimula “literatura,” abusa de “cultura” e “identidad” e incorpora una dimensión creciente digital y visual. Reforzamiento de la diglosia dentro de dichos espacios con crecimiento de los cursos de lenguas elementales, optativos para estudiantes o externos, fuera de las titulaciones, llamados “para todos.” Enfasis en la práctica de la traducción, que no se llama “cultural.” El latinoamericanismo sigue en minoría parlamentaria como una práctica de conocimiento relacionada con una región del mundo de escasa visibilidad dentro del Reino Unido y en general subordinada a otras: delgada película inconexa, más cinta de celuloide que piel delicada de organismo totalizante de conocimiento vivo extranjero o extranjerizante, sucursal de la sede más influyente, la estadounidense. Primera Ola y Fracaso son vivo ejemplo de este flujo del “Norte.”

 

Bibliografía citada:

 

Beverley, John. “El fracaso de Latinoamérica,” traducción de Yannelys Aparicio, Letral (No. 21, enero de 2019): pp. 4-23.

 

Gómez Herrero, Fernando. “Desapegos de todo Universalismo, incluido el de Occidente” (Revista Crítica Literaria Latinoamericana, Año XXXVIII, Núm. 76, Lima-Boston, 2do. Semestre, 2012): pp. 471-506.

 

_______________________.  “Sobre la crisis oficial de la política exterior estadounidense en las primeras décadas del nuevo siglo” (Nuevo Texto Crítico, Vol. XXIII, No. 45/46): 25 pp. 

 

_______________________. "Geopolítica, Geocultura, Hispanismo," Actas del XV Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas "Las Dos Orillas" 19-24 Julio 2004 (Monterrey, México), Ed. Beatriz Mariscal / María Teresa Miaja, Fondo de Cultura Económica, Asociación Internacional de Hispanistas, Tecnológico de Monterrey, El Colegio de México, 2007, Vol. 4 (pp. 243-256).

 

_______________________. “La identidad nacional estadounidense según Huntington,” Casa de las Américas 242 (enero-marzo/2006): pp. 22-35.

 

_______________________. “Plights and Flights of Historical Reason Within and Against Pax Americana,” Nepantla: Views from the South 4/3 (2003): pp. 567-589.

 

_______________________. “About the Subaltern and Other Things: A Conversation with John Beverley,” Dispositio/n: American Journal of Cultural Histories and Theories  52 (vol. XXV, 2005):  pp. 343-372.

 

_______________________. “Sobre la diferencia colonial, o acerca de la emergencia de un pensamiento que no ha sido considerado como tal. Entrevista con Walter D. Mignolo,” Ciberletras, www.lehman.cuny.edu/faculty/guinazu/ciberletras/v08/gomez.html (Dec. 2002): 25pp.

 

_______________________. "Ethics is the Original Philosophy; or the Barbarian Words Coming From the Third World. An Interview with Enrique Dussel," Boundary 2 28/1 (2001): pp. 19-73.

 

Gómez Herrero, Fernando. With John Beverley, "Are Golden Age Studies Obsolete? A Conversation with Fernando Gomez Herrero," in John Beverley, Essays on the Literary Baroque in Spain and Spanish America (Woodbridge UK: Tamesis, 2008) pp. 149-185.

 

Volpi, Jorge. El Insomnio de Bolívar: Cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina en el Siglo XXI. Premio Debate Casa de América (Barcelona: Random House Mondadori, 2009).

 

 

 

[1] Hemos dialogado con Beverley (véase Gómez Herrero, 2005, 2008, 2012).

 

[2] De Norte a Sur, dos libros bien diferentes en relación a las olas de este desarrollismo o modernización. Del politólogo estadounidense Samuel Huntington, el libro de gran calado, Political Order in Changing Societies [Orden político en sociedades cambiantes] (1968); y del sociólogo católico chileno Pedro Morande, su Cultura y Modernización en América Latina (1984). Veremos la divergencia beverleyana con esta modalidad culturalista proveniente de la sociología en América Latina. Véase mi artículo en relación al último libro del primero (2006).

 

[3] He consultado el texto incluido en la siguiente dirección oficial virtual: http://www4.congreso.gob.pe/congresista/2006/lalva/publicacion/EndefensadelapatriaJFSC.pdf (págs. 15-22). Hay nota en la primera página que lo ubica en La Abeja Republicana, con fecha del 15 de Agosto de 1822 (fecha de mi consulta, el 10 Sept. 2019).

 

 

[4] Acompáñense con las hermosas páginas sobre el Barroco de Indias de Mariano Picón Salas, De la Conquista a la Independencia ([1944] 1965): pp. 121-146. Véanse los juicios de valor del criollismo y el legado de la Ilustración en Morandé en un marco amplio del XVI hasta la segunda mitad del siglo XX. Se reivindica la religiosidad popular al lado del barroco, como modalidades sociales contestatarias del “neoiluminismo,” dentro y fuera del suelo latinoamericano, propulsor de un universalismo desarrollista homologador de realidades dispares; es decir, la defensa cultural es de la “diferencia católica” vista como quintaesencia o especifidad latinoamericana, ibidem, pp. 128-143, 159-162. Cultura es este posicionamiento asumido como propio contra la imposición de “exterioridadades” modernas. La disciplina de sociología de supuestos modernizantes y desarrollistas ya se asume que ha entrado en crisis por los años 80.

 

[5] Véase mi extensa entrevista con éste en Ciberletras (2002).

 

[6] El nacionalismo inglés agresivo brexitiano no duda en hablar en público con desparpajo  de la situación de colonia del Reino Unido frente a la comunidad ecónomica europea. Véase el fino análisis de estos y otros delirios del comentarista político de origen irlandés, Fintan O’Toole, Heroic Failure (2018).

 

[7] Podemos establecer un paralelo con un catolicismo también romano, mayoritario frente al protestantismo “nacional/ista,” con la clara inversión angloparlante a ambas orillas en donde el mundo católico es minoría parlamentaria de extracción latina en los EEUU o mayoritariamente irlandesa en el Reino Unido.

 

[8] El cultismo griego en las tripas del inglés nos lleva a esta liga délfica de doce naciones vecinas en las cercanías de las Termópilas griegas convertido en centro religioso, véase la enciclopedia británica, https://www.britannica.com/topic/amphictyony#ref19746. Compruébese la vigencia de dicho legado de inspiración bolivariana con centro simbólico en Panamá en el reconocimiento de las Naciones Unidas, de los 150 años, https://www.refworld.org/docid/3b00f1b45a.html (accesos, 14 Sept. 2019).

 

 

[9] Véase el documento reciente a propósito del susodicho presidente esclavista de Audra D.S. Burch, “James Monroe enslaved hundreds. Their descendants still live next door,” The New York Times (7 Julio 2019), con fotografía incluida de Miranda Barnes https://www.nytimes.com/2019/07/07/us/politics/monroe-slavery-highland.html (acceso 14 Sept. 2019). No se trata de afear las ideas de las figuras del pasado no tan remoto sino de historizarlas con todas sus luces y sombras, contradicciones y tensiones.  

 

[10] La historiografía mexicana es agujero negro en Primera Ola, que se estila latinoamericanismo con eje adeanista y peruanista. Me sigue pareciendo de rabiosa actualidad el texto de Edmundo O’Gorman, que fue su discurso de incorporación a la Academia de la Historia: Meditaciones sobre el Criollismo, leído en acto público el 24 de Julio de 1970. Publicado en Memorias de la Academia Mexicana. Tomo XXI. México 1975. Encomiable el talante disidente con colegas europeos y estadounidenses sobre temas englobantes. Hay otros proyectos que invocan el legado descolonizador desde Leopoldo Zea, por mencionar otro nombre, con miradores “globales” en UNESCO. Todo esto es digno de tenerse en cuenta para empresas internacionales, intra-institucionales descolonizadoras de altos vuelos.

 

[11] Véase mi entrevista con Dussel que todavía se deja leer con gusto, Boundary 2 (2001).

 

[12] Véanse los escepticismos de Neil Larsen al respecto de sublimaciones o exacerbaciones al respecto de la diferencia, la otredad y la periferia, o lo minoritario-identitario. Este aboga por un “modernismo realismo” viajero a dicha región, generador de una mayor amplitud discursiva que se salga de los grilletes metropolitanos anglófonos: “Latin-Americanism without Latin America: “Theory” as Surrogate Periphery in the Metropolitan University,” A Contracorriente (Vol. 3, No. 3, Spring 2006): pp. 37-46.

 

[13] Nelly Richard seculariza a Morandé asumiendo sus supuestos de crisis de los supuestos modernizantes y desarrollistas de la sociología, véase el artículo, lo he consultado en su versión en inglés,“Postmodernism and Periphery” incluido en Postmodernism: A Reader, (Routledge, 1993), a cargo de Thomas Docherty (pp. 463-470).

 

[14]Resulta innegable la preponderancia de cobertura de los EEUU en el Reino Unido en demérito de la cercanía europea y la virtual inexistencia de los otros continentes salvo desastres, huracanes, violencia mayúscula, etc.(”structure of attention” es la expresión original en inglés de Stuart Hall, gran exponente de los estudios culturales británicos). Véase su Policing the Crisis, Palgrave Macmillan [1978] 2013, 35th Anniversary Edition, pp. 7-31 [23-24], 334-370 [349-350]). El mundo universitario no es inmune. 

 

[15] Véase el documento reciente de fácil obtención por vía digital, “Global Britain and South America,” Twentieth Report of Session 2017-2019, House of Commons, Foreign Affairs Committee, con fecha del 9 Sept. 2019. ¡Qué duda cabe que la literatura oficial estatal tiene influencia y crea expectativas, ánimos y desánimos, entre sus ciudadanos, lectores de estos documentos o no, o que la geopolítica influye en todas las dimensiones de las universidades (planes de estudios, buena o mala prensa de esta u otra asignatura, contratación de profesionales, matriculación de estudiantes, etc.), en épocas ciertas e inciertas como las actuales.